lunes, 22 de julio de 2013

La perseverancia

Esto nunca ha pretendido ser un blog de autoayuda para nadie, al menos que yo sepa, pero sí que es cierto que el escribir un blog de estas características te da alas. No sé a vosotros, pero a mí lo que más me cuesta de escribir es mantener una rutina, eso de escribir día sí día también, pegarte dos horas delante de la pantalla y darle y darle hasta que se te cansan los ojos.

Lo he probado todo: hacerme un calendario, dejarme un día a la semana específico para escribir, abrir varios blogs, hablar con mis amigos sobre el tema, no hablar en absoluto, leer novelas que tengan cierto parecido a lo que quiero escribir, etc. Mil y una historias para no dormir que acaban dejándome igual que al principio. Desde que estoy en el paro he conseguido cierta asiduidad al procesador de textos, pero aún así, noto que algo falla, que podría estar escribiendo mucho más que lo que hago. En fin, nadie es perfecto.



Los fogonazos de escritura espontánea ya no sirven si quieres mantener cierta apariencia de profesionalidad. No sirven de nada. Un día puedes escribir veinte páginas, pero si luego te pasas dos meses sin tocar el teclado, ¿cuenta como si hubieses escrito una pobre página al día o menos? No, la continuidad y la perseverancia deben ir de la mano con la imaginación y el arte; juraría que eso es la quintaesencia del oficio. Cuando dejas pasar un mes (o más) entre escritura y escritura, dejas de lado muchos conceptos que tenías bien definidos, los abandonas en aras de "la imaginación explosiva" y no tienes en cuenta el resto de cosas.

Permitidme hacer un poco de gurú de turno. El oficio de escribir es igual que un motor de explosión. Para los que no lo sepan, en el motor de explosión hay varios elementos que son indispensables para su funcionamiento. A todos nos vendría a la cabeza el primero: la gasolina. Sería la materia prima que va a hacer que tu motor funcione, serán las ideas que recojas de otras partes: libros, películas, series, cómics, videojuegos, pasear por la calle, leer un cartel, escuchar música, hablar con la gente, etc. La gasolina la inyectamos mediante unos conductos en un cilindro, ahí es donde se va a gestar la magia, donde ocurrirá la explosión que te permitirá moverlo todo. A la materia prima (gasolina) la hacemos friccionar contra el aire -ocio- y entonces surgen las chispas de la creatividad que generan el movimiento del pistón y finalmente del motor.

Pero todo este rollo mecánico no funcionaría sin el aceite que engrasa todas las partes. Todo debe estar liberado de la máxima fricción posible y eso lo genera la perseverancia.

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lunes, 8 de julio de 2013

Lecturas veraniegas

Como bien sabéis los que pasáis por aquí, el verano es la época del año donde la gente más lee. No en vano tiende a ser la época del año donde nuestras obligaciones sociales y/o laborales son más distendidas, por lo que el efecto llamada del libro nos hace abrir más y con más ganas las páginas.

Novelas, biografías, "ballenas blancas", ensayos, cómics, todo lo que caiga en tus manos es posible que acabe en lectura rápida. A mí me gusta leerme una saga en verano, qué diablos. Me gusta engancharme a un libro y leerme los tres o cuatro que componen la historia del tirón. Lo considero algo mágico, aunque supongo que mucha gente estará ya hasta las narices de lecturas "río". Este año me decanté -como aparece en el lateral del blog- por una de esas "ballenas blancas", uno de esos clásicos que no tienes ganas de leer pero que tu orgullo te impulsa a hacerlo. Así, empecé La Montaña Mágica de Mann, con ilusión pero sin esperanza. Llevo 200 páginas y ya me he dado cuenta desde hace tiempo que no me está gustando; a pesar de eso ahí sigo, perenne en mi pretensión y fiel a mi decisión de amargarme un poco las horas de playa.



Claro que la ocasional lectura de un capítulo de McKee hacía que me estuvieran entrando ganas de pegarme un tiro, por lo que decidí ir a por una de las vacas sagradas de la ciencia ficción del siglo XX: El Juego de Ender. Como soy una persona a la que le da una rabia tremenda dejarse libros a medias, los estoy llevando todos a rastras. Así, cada día que voy a la playa le doy un pequeño y amargo mordisco a la Montaña Mágica, para después de dos capítulos de desventuras y amargura guiados por Hans Castorp, meterme de lleno en la educación de ese niño superdotado que tiene destinado defender y salvar a la humanidad: Ender.

Así, ahora llevo al retortero dos libros y medio y contando, pero me parece justo para con mi orgullo y a la vez me entretiene y me hace sentir bien. Leer libros pesados que "te apetece" haber leído es un deporte de riesgo, aconsejaría a quien quiera escuchar que se lo tome con calma, pero que no lo deje... excepto si es Dostoievski... si es Dostoievski podéis hacer lo que queráis menos leerlo.